A 50 años del golpe de Estado, Almagro logró algo tan simple como necesario: hacer que Claudio Tamburrini vuelva a jugar en su cancha.
Fue arquero de la Primera.
Un sábado atajó.
Días después, el 23 de noviembre de 1977, lo secuestraron.
Y el torneo siguió.
Todavía cuesta entenderlo:
cómo un arquero puede jugar un fin de semana y desaparecer al siguiente.
Cómo la pelota sigue rodando mientras alguien falta.
Cómo el silencio ocupa su lugar.
El sábado pasado, frente a Quilmes, algo de todo eso encontró una forma de decirse.
Emiliano González salió a la cancha con un buzo que llevaba en la espalda un apellido: Tamburrini.
No estuvo en el arco.
Pero estuvo en la espalda.
Cuando a Tamburrini se lo llevaban, faltaban más de 20 años para que naciera el arquero que esta vez lo trajo de vuelta.
El tiempo, a veces, también juega.
Y a veces repara, aunque sea tarde.
No fue un gesto más.
Fue un puente.
Entre aquel arco que quedó vacío y este que volvió a nombrarlo.
Entre lo que faltaba y lo que insiste.
Entre la ausencia y la memoria.
Tamburrini sobrevivió, escapó, se exilió y reconstruyó su vida en Suecia como filósofo.
Pero nunca dejó de ser el pibe de Ciudadela.
Ni el arquero de Almagro.
Tal vez no alcance.
Tal vez llegue tarde.
Pero hay partidos que no figuran en las estadísticas.
Y, sin embargo, se siguen jugando.
Y hay nombres que, incluso después de medio siglo, siempre encuentran la forma de volver a la cancha.

Nunca más.
ResponderBorrarNUNCA MÁS.
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